jueves, 14 de mayo de 2009

Recopilación...

Recopilación de cuentos cortos, capítulos y párrafos de libros interesantes



101 Cuentos clásicos de la China


Cuentan que, en China, un hombre ya anciano decidió regresar al lugar donde había nacido y del que salió siendo muy joven.
En el camino se unió a un grupo de viajeros que seguían la misma ruta y les explicó su deseo de volver a la tierra que lo vio nacer.
Después de varias monótonas jornadas, aquellos hombres decidieron divertirse a costa del viejo.
- Mira, anciano, estamos llegando a la tierra de tus antepasados, esas montañas que vemos las contemplaron tus ojos cuando eras niño.
El viejo, a pesar de no recordar nada, se sintió dichoso de ver aquellas cumbres. Horas después llegaron a unas casas en ruinas.
- Mira, anciano, seguro que entre estas piedras jugaste en tu infancia.
El viejo, al ver aquel pueblo abandonado, no pudo dejar de emocionarse. Al rato, llegaron a un olvidado cementerio.
- Mira esas tumbas -le dijeron, continuando la broma-.
Aquí con seguridad están enterrados tus padres, y los padres de tus padres.Al oír estas palabras, el anciano no pudo contener la emoción, y estalló en lágrimas.
Arrodillado frente a aquellas tumbas, a aquel viejo le venían a la memoria mil y un recuerdos de su niñez, le inundaban el corazón viejas y añoradas sensaciones, la nostalgia invadía su alma con un caudal de emociones.
Pero viendo aquella escena, los viajeros se compadecieron del anciano y acordaron contarle la verdad.
- Sentimos decirte esto, pero la verdad es que queda aún mucho camino hasta que lleguemos a la patria de tus antepasados.
Decidimos gastarte esta broma sólo por entretenernos. Te rogamos aceptes nuestras disculpas. El anciano se levantó en silencio, recogió sus cosas y reemprendió el camino.
Llegada la noche, y ante el mutismo del viejo, sus compañeros de viaje volvieron a expresarle su pesar por la broma.
-Apreciado amigo, tu silencio nos produce hondo pesar, volvemos a pedirte perdón por nuestra conducta.
-Mi silencio nada tiene que ver con vuestra conducta que ya he olvidado
-contestó el anciano-, se debe a que no he encontrado respuesta a una pregunta que me atormenta: ¿Cómo es posible que haya emociones verdaderas cuando éstas provienen de hechos falsos?



Carlos Fisas: Historias de la Historia (I)


En época de pertinaz sequía un cura de pueblo predicaba a sus feligreses:

- Hermanos míos: tened fe.
La fe mueve montañas, la fe lo puede todo.
Si tenéis fe todo se arreglará. El próximo jueves a las siete de la tarde habrá una función religiosa para impetrar la lluvia.
Si tenéis fe, Dios os oirá.
Al jueves siguiente se celebró la ceremonia y el cura subió al púlpito:
- Hermanos: os dije que la fe lo podía todo, pero veo que no tenéis fe suficiente.
Hemos venido para pedir la lluvia al Señor y ninguno de vosotros ha traído paraguas.



Galería de Hiperbreves - José Quesada Moreno


El reo miró a los seis soldados que formaban el pelotón y descubrió en ellos un destello de piedad. “No tirarán”, pensó.
Los soldados del pelotón miraban de reojo el sable levantado del capitán. El sol arrancaba trémulos destellos a la hoja. “No lo bajará”, pensaron. El capitán sudaba, bregaba contra la inseguridad de su brazo y oía voces, destellos de conversaciones alejadas.
“El gobernador anulará la orden”, pensó.
Cuando seis destellos se clavaron en el torso del reo, ocho hombres condenados supieron que algún eslabón se había quebrado en la frágil cadena de sus esperanzas.




Gianni Rodari: Cuentos escritos a máquina


- Ten cuidado -le dice el pez grande al pez chico-, eso es un anzuelo. No lo muerdas.
- ¿Por qué? -pregunta el pez chico.
- Por dos razones -responde el pez gordo-.
La primera es que si lo muerdes, te pescan, te rebozan en harina y te fríen en la sartén. Después te comen, con dos hojitas de lechuga de guarnición.
- ¡Arrea! Muchas gracias. Me has salvado la vida.
¿Y la segunda razón?
- La segunda razón -dice el pez grande- es que te quiero comer yo.



Julio Cortázar: Historias de cronopios y famas


Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y pop ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar adentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.



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